Jueves, 13 Diciembre 2012 10:00

DIEGO URDIALES, EL VALOR DE LA ESENCIA

ARTÍCULO DE PACO AGUADO PUBLICADO EN EL ÚLTIMO Nº DE LA REVISTA CUADERNOS DE TAUROMAQUIA SOBRE LA TREMENDA DIMENSIÓN QUE OFRECIÓ DIEGO URDIALES EL 26 DE AGOSTO DE 2012 CON LA CORRIDA DE VICTORINO EN LAS CORRIDAS GENERALES DE BILBAO.

 

HITOS DE LA TEMPORADA

Es menudo y fibroso, apenas pasa del metro sesenta y cinco y tiene un cuerpo magro y nervudo, como el de un cristo de Semana Santa castellana. Pero como torero Diego Urdiales gasta talla de gigante, la de los verdaderamente grandes. Puede que su situación en el extraño y mediatizado toreo actual no parezca decir lo mismo. O, bien pensado, tal vez sí. Pero en el ruedo, en las grandes citas, lleva tiempo despertando toda la atención de unos compañeros dispuestos a admirarse de su soberbia capacidad y de su virtuosismo con las telas ante las embestidas más complejas.

Hace ya unos años que la técnica que Urdiales pone al servicio de la pureza es habitual tema de conversación en las cerradas tertulias de los profesionales. Incluso alguna máxima figura le ha indagado por los secretos de manejo de una muleta que él, de tanto pensarla en el ostracismo arnedano, ha convertido en un apéndice sabio y dúctil al dictado de su concepto cristalino del toreo. Sí, Diego Urdiales es un maestro, en el clásico y más taurino sentido de una palabra tan mal utilizada y sometida a desgaste  últimamente. Un maestro aún no reconocido por la masa y por las empresas, pero que goza del respeto y la admiración de todos sus compañeros, aquellos que mejor saben matizar los secretos de esa magia escondida a los ojos del resto de los mortales. Lleva ya tiempo el riojano mostrando a voces su honda torería, casi siempre con lo más duro del mercado ganadero, luchando contra las circunstancias y, como otros grandes, resignado a una perenne mala suerte en los lotes. Se le cantaban, sin grandes alharacas, regateando elogios, su entrega, su voluntad, a veces su asolerada sinceridad en la cara del toro, pero aún no le había llegado esa unanimidad que sitúa al héroe a la otra orilla del turbulento río del negocio taurino: la orilla del reconocimiento definitivo, allí donde se ratifican las propias convicciones. Y como en la carrera de todo torero siempre hay una tarde clave que cambia las tornas, la de Diego Urdiales llegó el pasado 26 de agosto en Bilbao. Justo allí donde ya llevaba varias ferias dando lo mejor de sí mismo ante ásperos victorinos o fuenteymbros como aquellos a los que volvió a hacer el toreo apenas una semana antes de la cita decisiva.

Pero aquellas no estaban aún señaladas en rojo en el diario personal de su carrera. La del último domingo de las Corridas Generales fue, en cambio, una tarde que marcará frontera en su vida. La que, de una vez por todas, incluso para sí mismo, definió́ la verdadera dimensión de su toreo y de su hombría. Una tarde en la que, de paso, el arnedano volvió a mostrar la verdadera esencia de este arte que atraviesa momentos confusos.

VICTORINOS: UNA EXTREMA PRUEBA DE CARÁCTER

Como en el toreo pasa de vez en cuando, para hacer examen de reválida profesional salieron los victorinos pidiendo los papeles a todos los que se les enfrentaron sobre la arena ferruginosa de Vista Alegre. Corrida compleja, dura, exigente, de las que miden la temperatura de ánimo de los hombres. Sin perdonar ni un error, ni una duda. Salvo el quinto, no fueron bravos ni encastados los toros que se embarcaron en ‘Monteviejo’, sino reservones, peligrosos, orientados... y otros muchos calificativos que no caben en la definición de la verdadera bravura. Y duros, muy duros de todo.

La tarde era, pues, para toreros curtidos, para hombres bragados y conocedores del paño, para tíos templados de corazón y cargados de... razones. Tarde de sustos y de percances, de coladas, de hachazos, de volteretas. Tarde de enfermería y de tensión en la arena, en el callejón y en el tendido. Tarde de superación, extrema prueba de carácter que cada uno, de oro o de plata, a pie o a caballo, solucionó como pudo. Pero precisamente la tarde en la que Diego Urdiales, de turquesa y oro, se alzó como el torero de impresionante talla que realmente es.

El primero, su primero, salió con muchos pies, como queriendo asustar, pero se encontró pronto con los vuelos rasos de un capote que a la verónica, y más en un lance cumbre por el lado derecho, le quitó el fuero y la furia, hasta el punto de que al llevarlo al caballo las fuerzas de sus riñones eran las de un alfeñique. Nunca le gustó al viejo Victorino que en los tentaderos extremeños Diego pudiera tanto a las vacas de salida...

Cuando tocaron a matar, el cárdeno estaba afligido de los cuartos traseros, rendido, atrancado, con una embestida corta que no podía empujar desde atrás. Se puso a la defensiva el victorino, haciendo hilo tras cada pase o protestando al esfuerzo requerido con un seco cabezazo. Y en uno de esos, golpeándole el tobillo, derribó a Urdiales, siempre templado a pesar del viento que empezó a soplar en la cálida tarde bilbaína.

Retomado el orden, aun así Diego fue capaz de sacarle un par de tandas más por la derecha a fuerza de inteligencia, de manejar las alturas y la intensidad de los toques con precisión de relojero. Es difícil saber si esas dos series las tenía el toro o las tenía el torero en la cabeza. El caso es que surgieron y que se quedaron sin premio porque un par de descabellos enfriaron los ánimos del tendido en el ya tibio arranque de la corrida. Pero la ovación final fue clamorosa y rotunda.

Cuando salió el cuarto, Urdiales ya sabía que tenía que matar un toro más. Las fatigas de Javier Castaño aún inexperto en este encaste– con el que le metió a la enfermería y las de Luis Bolívar con el orientado y poco picado tercero no encogieron el ánimo del torero de Arnedo. Al contrario, Diego parecía saber, más tranquilo que nunca, crecido de moral, que la tarde era suya, que era capaz de imponerse a todo lo que le saliera por chiqueros.

Y como segundo de su lote salió ese toro feo, mazorcón y encogido, que se le quiso meter por dentro pero al que impidió crecerse con unas antológicas verónicas de rodilla flexionada, tan poderosas, tan gallistas, tan sabrosas... Un gran puyazo de Manolo Bernal le hizo al toro la sangre necesaria para igualar fuerzas, pero no logró quitarle sus malas ideas. Al paso, reservón, como dormido pero de caza y rebañando con disimulo, así embistió ese otro victorino con el que Diego comenzó a jugar una peligrosa partida de ajedrez, similar a la del tentadero que relatamos en el número 10 de esta misma revista.

Como si el toro fuera bueno, así se plantó delante Urdiales, que siempre creyó más allá en las posibilidades de su oponente. Graduó́ esta vez la distancia de los cites. No la de su colocación, siempre sincera y frontal, sino la de la muleta, enganchando o esperando, sujetando o soltando, según pidiera la mínima entrega o el variable sentido del toro. Todo en décimas de segundo y siempre cerca, muy cerca la seda del cuerno. Era como un endiablado juego de preguntas y respuestas a velocidad de ordenador de última generación, en el que el torero se iba anotando cada vez más puntos. Confiado de sí mismo y del momentáneo éxito de su valiente habilidad, no calculó Diego la interferencia del viento, que en un natural le abrió de más y hacia fuera los vuelos de la muleta, dejando en el embroque ese espacio lateral en el que, amplios de visión angular, los saltillos no perdonan. El violento hachazo tras la colada envió al leve coleta tres metros más allá, caído boca arriba sobre la arena, inerme y a merced de la rauda y febril venganza del cazador cárdeno. El ardiente pitón derecho contorneó el pómulo de Urdiales, al que salvaron sus magras carnes, su acuchillado perfil de los días de corrida. Pero no pudo evitar los golpes en las costillas, el pitonazo en el muslo, los varetazos, las erosiones provocadas por el ansia astada, ciega a los capotes del quite, incluso a ese hermano que, a cuerpo limpio, también se hizo presente para frenar la tragedia. Cuántos exactos victorinos, buenos y malos, habrá sido Juanjo para Diego en las solitarias tardes de la plaza de Arnedo.

Dolorido, pero igual de seguro, supo Urdiales que más era imposible, que el sentido del toro impedía cualquier otra forma de remate lucido que esa estocada tras la que dio la más clamorosa vuelta al ruedo de las Corridas Generales. Un paseo circular con sabor a gloria, con toda la plaza en pie, incluidos los operarios del coso, a uno de los cuales, el padre del torero vasco Daniel Granados, brindó el de Arnedo la muerte de ese cuarto toro en el día de su jubilación.

EL ARTISTA SOBRE EL GUERRERO

Pero aún quedaba más, porque al quinto, el único que metió la cara de toda la victorinada, le hizo Diego un adormecido quite por delantales rematado con una inmensa media belmontina, esperando con la vista la salida del toro por el hombro contrario. Tan perezosa como la caída de una hoja. Si la llega a pegar otro...

Bolívar se le fue luego por delante al cortarle una oreja a ese quinto que, efectivamente, no fue malo. Sólo que a Urdiales aún le esperaba el sexto, que tampoco fue bueno. Alto de agujas, montado, de imponente volumen y frente, el último de la feria no quiso, ni pudo, humillar.

Se dejó el toro, dicen las crónicas. Al menos no sacó guasa, decimos nosotros. Pero para que se dejara tuvo que dejar también Diego mucho de su talento y de su valor en el empeño, matizando cada embestida al paso y a media altura con mucha suavidad en los toques y mucha precisión en los vuelos, abriendo y cerrando puertas, aguantando amagos, aliviando protestas. Controlando, sin un error, cada fase del muletazo desde la más sincera cercanía, reduciendo espacios desde la más encajada entrega.

Y así, como premio, mientras la plaza esperaba el milagro entre un silencio expectante, mientras Urdiales se tomaba su tiempo para amasarlos, para preparar al toro al desafío del toreo grande, llegaron dos tandas de naturales monumentales, frescos como el atardecer del Cantábrico, tan naturales que parecieron lógicos. Sin marketing, sin tensión, sin vender esa técnica prodigiosa, sin alardear del enorme valor necesario para conseguirlos con tanta facilidad.

No aguantó más desafíos el victorino, estrujado de su escasa bravura y luego derribado de una estocada en dos tiempos, permanente el torero en el embroque para confirmar que la espada entraba. Sólo cuando el toro cayó patas arriba alzó los brazos el de Arnedo, en señal de victoria. Y rompió a llorar como un hombre recién liberado antes de coger la oreja de más kilates de toda la feria.

Heroico Urdiales en Bilbao, no por levantarse como si nada tras cada cogida en las que los pitones le buscaron las entrañas del cuerpo y del alma, ni por mantener una entereza titánica ante el temible y amedrantador cariz que toro a toro fue tomando la tarde. Ni siquiera por matar con magistral solvencia tres de aquellos diablos cárdenos. Urdiales fue héroe, dueño y señor de la tarde, porque pensó y actuó en el escalón superior del podium, porque fue mucho más que un gladiador ante la adversidad y las aviesas ideas de los victorinos. Diego jugó un papel mucho más difícil de asumir en esas condiciones: nada menos que el de torero caro y artista entregado.

No fue la actuación del riojano la de un especialista al uso. No hubo ni un regate, ni un solo alarde de falso valor en sus tres faenas. Ni crispaciones, ni arrebatos, ni huidas hacia delante. Diego puso orden en la tarde con cabeza y pulso, con las plantas siempre reposadas en la arena, con pasos firmes y sosegados, con temple dulce y con una precisión técnica enfocada única y exclusivamente a hacer el toreo más puro, más cristalino, a esas tres piezas de la ‘A’ coronada. Entregado a su causa, Urdiales paseó con poso y solera, recreándose en sí mismo, por el camino recto al borde del abismo. Sin tomarse una sola ventaja, sin permitirse una sola licencia ni la más mínima concesión de alivio. Diego toreó, pese a todo. Y ahondó el natural, y autentificó la verónica. Y se pasó los pitones muy cerca, a conciencia, creador de unas embestidas nunca regaladas y sólo gobernables desde esa apasionada entrega que dijo Alameda que era el toreo. Todo lo hizo con la naturalidad de los grandes, sin tensiones ni ansiedad, sino con aplomo y suavidad, sin forzar nunca la figura y sin esconderse a su destino. Y rememorando, aun por aquella senda de cristales, la esencia de un arte que, a fuerza de reinventarse, tiende a disiparse por otros caminos que no llevan a Roma.

Eso hizo Diego Urdiales en Bilbao: como Miguel Ángel en el mármol, moldear el toreo eterno desde la dureza rocosa de una tarde infernal, llevar luz de calidad al oscuro pasillo de la enfermería que empezaba ya en los mismos medios de la plaza; hacer fácil lo aparentemente imposible con una naturalidad y una sinceridad, hoy por hoy, al alcance de muy pocos toreros del escalafón.

Volvió a casa, a su refugio de siempre, dolorido, con el cuerpo trazado como un mapamundi, con sus surcos de varetazos, con sus depresiones musculares a fuerza de puntazos, con sus aristas óseas astilladas de pezuñas y testuz. Pero con la moral probada en otra batalla resuelta con ánimo templado y muñecas de algodón. Con el orgullo de quien se sabe más torero que nunca, de quien ha sabido hacer valer al artista que lleva dentro por encima del guerrero obligado y forjado por las circunstancias.

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